miércoles, 15 de febrero de 2017

Perdida en Caracas


He vivido en Barquisimeto desde que tengo uso de razón. Sin embargo, mis padres, oriundos de Santiago de Cali, Colombia, antes de llegar a esta tranquila ciudad vivieron largo tiempo en Caracas, la llamada “Ciudad de los techos rojos”, la “Sultana del Ávila”. Una ciudad maravillosa por la fuerza altanera e irreverente con que se construye sobre la tranquilidad ya casi inexistente de su pasado. Cuesta imaginar a Caracas entre faldones de damas antañonas en pleno siglo XVI, pero no es difícil suponer el momento en que con carácter decidió dejar de ser “monte y culebra” y comenzó a alzarse entre plazas y paseos tranquilos, en grandes casas burguesas e imponentes edificios como Parque Central o las Torres del Silencio, y un sinfín de autopistas y avenidas que van y vienen como serpientes de concreto.

Mis estadías en Caracas generalmente consisten de varios días entusiastas, que convierten mis regresos a Barquisimeto en la cosa más triste del mundo. A excepción de la última visita, en la que me vi envuelta dentro de una insoportable odisea desde Terrazas del Ávila hasta la Bandera, del extremo Este al Sur de la ciudad. Me bajé 2 veces en estaciones equivocadas y perdí tiempo increíblemente. “Estrés, caos y confusión”, eso decía el letrerito de mi frente. ¿Qué carrizo me pasaba? En pleno casco histórico de la ciudad, preguntando por “el terminal” llegué a Nuevo Circo! Nada que ver, seguía perdida. Entonces supe, en medio del barullo de transportistas, que estaba corriendo con una suerte tremenda, porque no es secreto para nadie que vivir en Caracas es una aventura de cara a la delincuencia, donde si logras llegar vivo a casa y con todas tus posesiones intactas, entonces le has ganado un día al hampa –y en este caso, un día bien ganado porque salí sin ningún rasguño luego de surcar la ciudad entera con un maletín pesadísimo en el hombro y un signo de interrogación inmenso en la cara–. ¿Qué hice entonces? sencillo, me tomé un respiro: compré una malta y una bolsita de maíz para picar, me subí a una “camionetica” donde el colector gritaba compulsivamente: “LAANDERA, LAANDERA, LAANDERAAAA” y después de unos 30 minutos de calor y vueltas por Caracas, 6 horas en un autobús de mala muerte y toda clase de vendedores ambulantes, llegué a mi destino final.

Días después, me sobrepuse a la tremenda hazaña, y recordé vagamente la estructura del terminal de Nuevo Circo y los trabajos de reconstrucción de la vetusta Plaza de Toros, que pasaron a segundo plano cuando por unos minutos quedé parada en medio de la Avenida Bolívar, mirando absorta hacia mi derecha la imponente imagen del "Centro Simón Bolívar", compuesto por un inconcluso Palacio de Justicia que pretende tapar unas escandalosas "Torres del Silencio" (que al ser tan imponentes no son silenciosas nada), y esconder los brazos gigantes de un distribuidor que rodea la solitaria galería peatonal con el corazón emergiendo en forma de estatua del Libertador.

Cierro los ojos y pienso cuanta falta me hace volver a respirar la Capital, llenarme de su caos, su smog y sus inesperadas sorpresas. Y es que, siendo sinceros, ¿Quién no ha estado enamorado de Caracas aunque sea un ratico?

Roselyn López Barona

Creado: 07/04/2009
Concurso "I Rally Metropolitano de Escritores - Déjate leer por Caracas"