Las
palabras se atascaron, no sé cuánto pudiese llegar a tardar para escribir lo
que siento, hace mucho que no sale nada, que me volví muda de letras, que los
dedos se pegan al teclado sin moverse a escribir una sola línea, nada, ni una
puta línea, no sale. Quizá con un poco de esfuerzo gastaría una semana o dos en
describir este cúmulo de sensaciones que diariamente cambian.
Para comenzar, como dicen, desde el principio, diría
que Antoine era el aire, se ciñó a mi vida sin permiso de nadie, bueno, a mí me
pidió permiso y aunque nunca le di oficialmente entrada libre él igual pasó,
tomó asiento y se puso cómodo. Le daba igual, no aceptaba negativas de nadie,
era necio y caprichoso, pero sobretodo muy hábil, hacía creer que bailaba a tu
ritmo y en el menor despiste eras tú el que empezabas a mover los pies y las
caderas de una forma que solo él conocía.
Antoine le daba un fondo a todo, pintaba las
habitaciones de colores y las llenaba de música, usaba las palabras exactas en
el momento adecuado, dibujaba sueños y construía casas con papel celofán. Hacía
cosas practicas pero con mucho contenido y quizá lo más peligroso es que sabía
perfectamente cuanto tiempo esperar para obtener lo que deseaba en el primer
intento. Sabía cómo desaparecer para ser lo suficientemente extrañado y
agradablemente recibido al regresar, se especializaba en conocer a su compañero
para dar en el punto débil en el instante justo, mover las piezas sin objeción
de nadie y finalmente ganar.
Todo eso lo conjugaba en su inigualable manera de
hacer el amor: Antoine nunca se medía cuando algo le provocaba, sin embargo, no
conocía cuando merecía tirarse a esperar y cuando debía actuar y ofrecer, sabía
perfectamente donde colocar sus manos y en qué sentido moverlas, en donde
enterrar su nariz y en qué sitio clavar su boca.
Pero Antoine no sabía pedir ni asumir
responsabilidades, no podía escuchar ni tocar dentro de sí mismo porque era
cobarde. Antoine era pura magia exterior sin ninguna sustancia adentro, lo
llenaba todo de un perfume de mucho alcohol y poca esencia, era tan celoso con
lo suyo que se volvía irremediablemente egoísta y posesivo, era por demás
mentiroso, cuando el principal juzgador de la mentira era él mismo, Antoine
podía ser hallado in fraganti y sin ningún escrúpulo sostenía su mentira
hasta el final, hasta prácticamente convencer a los demás de que lo que decía
era cierto.
Mientras Antoine estuvo a mi lado nunca sentí la
necesidad de mirar a otros lados, Antoine llenaba mi vida de tal manera que lo
que no lo contenía se veía borroso y no me interesaba ponerme lentes para
mejorar la visión, nos atrevimos a construir sueños encima de la cama, casitas
en las nubes y a fantasear con dos hijos morenos de ojitos claros volviéndonos
locos de amor y llenándonos de sonrisas la vida. Yo simplemente lo tenía todo.
Pero cuando la historia acabó solo quedó vacío,
Antoine se llevó todo como los huracanes, la humedad llenó de agua la brújula
de nuestras vidas y la ventisca se encargó de tumbar las cosas de la cama, las
nubes se cargaron de agua y la casita se nos fue al suelo, y ni hablar de la
fantasía de amores y alegrías paternas, los niñitos empezaron a correr hacia
otras direcciones. Nunca vi para donde se fueron.
Antoine me partió en dos, me hizo añicos el corazón
y me sacó el amor que llevaba dentro a golpes. En ocasiones desearía gritárselo
hasta que se me agotasen las palabras y no me saliera más la voz, me gustaría
que mis palabras se le clavasen en los oídos y le quemaran los ojos. Que
sintiera mí mismo dolor y que luego, tomándome entre sus brazos, me dijera que
se muere sin mí, que no sabe qué hacer con tanta ausencia, que respirar es imposible
porque ahora el aire no lleva mi aroma, que desearía remediar las cosas para
dejar de sentir que se le desgarra el pecho con tanto dolor y tanta rabia
consigo mismo. Sueño con que acepta sus mentiras y me entrega sus verdades -las
de verdad, esas que ni él mismo conoce-. Y que justo después me arranque la
ropa a tirones y me haga el amor con desesperación sabiendo que no podrá volver
a tenerme nunca más porque me ha perdido para siempre.
No
dejo de reprocharme haber confiado en él. Efraím Medina dice: “cuando confías
en alguien despiertas su diablillo trasgresor. Confiar es sucio, es decirle al
otro: no puedes traicionarme porque moriré”. Estoy segura que Antoine se dio
cuenta de que me mataba.
De
mi parte aún queda amor por sacar, que si el amor fuese comida, diría que aquel
hombre me hizo bulímica - anoréxica, nos dimos tanto amor en tan corto tiempo
que ahora solo queda vomitar compulsivamente hasta aliviar la llenura
asquerosa, sin importar la sensación de amargo en la boca y en la garganta para
finalmente contener con fuerza la tentación de volver a llenar cada vez que
sale amor a ríos del corazón y se retuerce el estómago vacío.
Hoy, soltar todo lo que nos entregamos en algún
momento ha sido sumamente duro y extenuante, lo único que no sabíamos era que
al dar al otro lo mejor de cada uno, dábamos al mismo tiempo lo peor que teníamos
dentro: los vacíos en el alma y en el corazón, los incontables pensamientos que
nos han atravesado la cabeza, los sufrimientos y las ganas de morir a las que
sobrevivimos, los miedos a ser lastimados mezclados con las ganas desesperadas
por amar y ser amados.
En todo este tiempo siempre he buscado en mis
amigos la fuerza que me hace falta para dejarle ir, porque estoy segura que
aunque le perdone por lo que hizo, jamás podré volver a dormir tranquila a su
lado después de todo esto. No puedo mentir diciendo que lo he olvidado para
siempre, no, porque Antoine se me clavó como arpones en la piel y sinceramente
no se en que momento lo hizo, yo solamente le pedí que me diera su amor, tomara
mi cuerpo y cuidara de mí, entendió la segunda petición mucho mejor que las
otras y entonces las descuidó y más adelante también olvidó la misma en la que
se enfocaba.
Admito que no me sirvieron los amigos, ni las ocupaciones,
ni las drogas, ni otros hombres, pues a dos meses sin él yo aún me hallo
perdida en Antoine, en el recuerdo de sus manos, sus brazos, su sexo y el olor
de su piel, de esa lengua desesperada que buscaba la mía y esa nariz que se
enterraba en mi piel a sacarme el aire del alma y las lágrimas de los ojos,
embriagándome de un torrente de sentimientos que un día me hacían amarle, al
siguiente odiarle y al minuto extrañarle, que me lanzaban en un segundo al
vacío para luego hacerme volar de vuelta, y que hoy, sin tenerlo conmigo, su
ausencia, esa en la que nunca parte, me hace experimentar las mismas
sensaciones.
Es cierto que aún le recuerdo ensordecidamente
porque a pesar de todo jamás lo he dejado ir, pero guardo silencio porque no me
atrevo a ser lastimada una vez más. Es cierto que si vuelvo a saltar la
buhardilla que hoy nos separa me quemaré las manos y me haré cicatrices más profundas
que la vez primera. Lo más cierto es que lo que haga o deje de hacer es mi
cuestión, que el haberlo amado fue mi decisión y que si él no lo hizo es su
asunto, yo no sé ni que creer, quizá él tampoco lo sepa, lo único que sé es que,
por lo menos a mí, me faltó amor por recibir y me quedé con amor servido en las
manos para entregar.
Rosse
López Barona
Creado: 04.09.2008
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