jueves, 19 de enero de 2017

2 meses sin Antoine

Las palabras se atascaron, no sé cuánto pudiese llegar a tardar para escribir lo que siento, hace mucho que no sale nada, que me volví muda de letras, que los dedos se pegan al teclado sin moverse a escribir una sola línea, nada, ni una puta línea, no sale. Quizá con un poco de esfuerzo gastaría una semana o dos en describir este cúmulo de sensaciones que diariamente cambian.

Para comenzar, como dicen, desde el principio, diría que Antoine era el aire, se ciñó a mi vida sin permiso de nadie, bueno, a mí me pidió permiso y aunque nunca le di oficialmente entrada libre él igual pasó, tomó asiento y se puso cómodo. Le daba igual, no aceptaba negativas de nadie, era necio y caprichoso, pero sobretodo muy hábil, hacía creer que bailaba a tu ritmo y en el menor despiste eras tú el que empezabas a mover los pies y las caderas de una forma que solo él conocía.

Antoine le daba un fondo a todo, pintaba las habitaciones de colores y las llenaba de música, usaba las palabras exactas en el momento adecuado, dibujaba sueños y construía casas con papel celofán. Hacía cosas practicas pero con mucho contenido y quizá lo más peligroso es que sabía perfectamente cuanto tiempo esperar para obtener lo que deseaba en el primer intento. Sabía cómo desaparecer para ser lo suficientemente extrañado y agradablemente recibido al regresar, se especializaba en conocer a su compañero para dar en el punto débil en el instante justo, mover las piezas sin objeción de nadie y finalmente ganar.

Todo eso lo conjugaba en su inigualable manera de hacer el amor: Antoine nunca se medía cuando algo le provocaba, sin embargo, no conocía cuando merecía tirarse a esperar y cuando debía actuar y ofrecer, sabía perfectamente donde colocar sus manos y en qué sentido moverlas, en donde enterrar su nariz y en qué sitio clavar su boca.

Pero Antoine no sabía pedir ni asumir responsabilidades, no podía escuchar ni tocar dentro de sí mismo porque era cobarde. Antoine era pura magia exterior sin ninguna sustancia adentro, lo llenaba todo de un perfume de mucho alcohol y poca esencia, era tan celoso con lo suyo que se volvía irremediablemente egoísta y posesivo, era por demás mentiroso, cuando el principal juzgador de la mentira era él mismo, Antoine podía ser hallado in fraganti y sin ningún escrúpulo sostenía su mentira hasta el final, hasta prácticamente convencer a los demás de que lo que decía era cierto.

Mientras Antoine estuvo a mi lado nunca sentí la necesidad de mirar a otros lados, Antoine llenaba mi vida de tal manera que lo que no lo contenía se veía borroso y no me interesaba ponerme lentes para mejorar la visión, nos atrevimos a construir sueños encima de la cama, casitas en las nubes y a fantasear con dos hijos morenos de ojitos claros volviéndonos locos de amor y llenándonos de sonrisas la vida. Yo simplemente lo tenía todo.

Pero cuando la historia acabó solo quedó vacío, Antoine se llevó todo como los huracanes, la humedad llenó de agua la brújula de nuestras vidas y la ventisca se encargó de tumbar las cosas de la cama, las nubes se cargaron de agua y la casita se nos fue al suelo, y ni hablar de la fantasía de amores y alegrías paternas, los niñitos empezaron a correr hacia otras direcciones. Nunca vi para donde se fueron.

Antoine me partió en dos, me hizo añicos el corazón y me sacó el amor que llevaba dentro a golpes. En ocasiones desearía gritárselo hasta que se me agotasen las palabras y no me saliera más la voz, me gustaría que mis palabras se le clavasen en los oídos y le quemaran los ojos. Que sintiera mí mismo dolor y que luego, tomándome entre sus brazos, me dijera que se muere sin mí, que no sabe qué hacer con tanta ausencia, que respirar es imposible porque ahora el aire no lleva mi aroma, que desearía remediar las cosas para dejar de sentir que se le desgarra el pecho con tanto dolor y tanta rabia consigo mismo. Sueño con que acepta sus mentiras y me entrega sus verdades -las de verdad, esas que ni él mismo conoce-. Y que justo después me arranque la ropa a tirones y me haga el amor con desesperación sabiendo que no podrá volver a tenerme nunca más porque me ha perdido para siempre.

No dejo de reprocharme haber confiado en él. Efraím Medina dice: “cuando confías en alguien despiertas su diablillo trasgresor. Confiar es sucio, es decirle al otro: no puedes traicionarme porque moriré”. Estoy segura que Antoine se dio cuenta de que me mataba.

De mi parte aún queda amor por sacar, que si el amor fuese comida, diría que aquel hombre me hizo bulímica - anoréxica, nos dimos tanto amor en tan corto tiempo que ahora solo queda vomitar compulsivamente hasta aliviar la llenura asquerosa, sin importar la sensación de amargo en la boca y en la garganta para finalmente contener con fuerza la tentación de volver a llenar cada vez que sale amor a ríos del corazón y se retuerce el estómago vacío.

Hoy, soltar todo lo que nos entregamos en algún momento ha sido sumamente duro y extenuante, lo único que no sabíamos era que al dar al otro lo mejor de cada uno, dábamos al mismo tiempo lo peor que teníamos dentro: los vacíos en el alma y en el corazón, los incontables pensamientos que nos han atravesado la cabeza, los sufrimientos y las ganas de morir a las que sobrevivimos, los miedos a ser lastimados mezclados con las ganas desesperadas por amar y ser amados.

En todo este tiempo siempre he buscado en mis amigos la fuerza que me hace falta para dejarle ir, porque estoy segura que aunque le perdone por lo que hizo, jamás podré volver a dormir tranquila a su lado después de todo esto. No puedo mentir diciendo que lo he olvidado para siempre, no, porque Antoine se me clavó como arpones en la piel y sinceramente no se en que momento lo hizo, yo solamente le pedí que me diera su amor, tomara mi cuerpo y cuidara de mí, entendió la segunda petición mucho mejor que las otras y entonces las descuidó y más adelante también olvidó la misma en la que se enfocaba.

Admito que no me sirvieron los amigos, ni las ocupaciones, ni las drogas, ni otros hombres, pues a dos meses sin él yo aún me hallo perdida en Antoine, en el recuerdo de sus manos, sus brazos, su sexo y el olor de su piel, de esa lengua desesperada que buscaba la mía y esa nariz que se enterraba en mi piel a sacarme el aire del alma y las lágrimas de los ojos, embriagándome de un torrente de sentimientos que un día me hacían amarle, al siguiente odiarle y al minuto extrañarle, que me lanzaban en un segundo al vacío para luego hacerme volar de vuelta, y que hoy, sin tenerlo conmigo, su ausencia, esa en la que nunca parte, me hace experimentar las mismas sensaciones.

Es cierto que aún le recuerdo ensordecidamente porque a pesar de todo jamás lo he dejado ir, pero guardo silencio porque no me atrevo a ser lastimada una vez más. Es cierto que si vuelvo a saltar la buhardilla que hoy nos separa me quemaré las manos y me haré cicatrices más profundas que la vez primera. Lo más cierto es que lo que haga o deje de hacer es mi cuestión, que el haberlo amado fue mi decisión y que si él no lo hizo es su asunto, yo no sé ni que creer, quizá él tampoco lo sepa, lo único que sé es que, por lo menos a mí, me faltó amor por recibir y me quedé con amor servido en las manos para entregar.


Rosse López Barona
Creado: 04.09.2008

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